jueves, 24 de enero de 2008

Cuando, de cansado, te llamé quería que me llevases contigo, con lágrimas en tus negras mejillas. Que tan temprano tuve ese miedo, que ya no temo a la muerte, sólo a la vida. Temería si estos fuesen mis últimos versos y no hubiese merecido la pena conocerte. Si se hubiera hecho el silencio en aquella habitación sombría antes de, simplemente, concluír. Si tu mano temblorosa no hubiera tenido tiempo de contarme la historia, si antes de caer al vacío, tu voz ronca no me hubiera anunciado un adiós.

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